Pensando en Grade por PR
Pensando en grande
El que falla en lo simple está condenado a fracasar en lo complejo. Nuestra isla, tris- temente, parece atrapada en ese círculo vicioso. Nos acostumbramos a los planes estratégicos, los megaproyectos, las visiones trans- formadoras, pero en el camino tropezamos una y otra vez en lo más elemental. Nos encanta soñar, discutir y planificar —y eso no está mal— pero fallamos al ejecutar. Y no fallamos en lo ambicioso, sino en lo cotidiano. Hemos adjudicado este de- rrotero a la falta de recursos. Sin embargo, con todo respeto, en gran medida se debe a una visión des- conectada de la realidad. Es apremiante una in- trospección, lo que a menudo he referido como un “acto de contrición” y un nuevo énfasis en lo básico, en lo simple, en lo esencial, un punto de partida hacia gestas mayores.
La simpleza no implica insignificancia. Por el contrario, lo simple, cuando se acumula y se hace bien, transforma. Pintar líneas en una carretera, recoger la basura, mantener limpias las aceras, reparar una verja rota, iluminar áreas públicas, hacer cumplir las leyes de tránsito: actos pequeños que, individualmente, pueden parecer irrelevantes, pero que juntos generan orden, disciplina, dig- nidad. Ignorarlos produce el efecto opuesto: aban- dono, resignación, apatía.
¿No hay presupuesto para asfaltar una carretera completa? Es entendible tras una quiebra. ¿Pero qué excusa hay para no delimitar los carriles, re- coger la basura o mantener las vías iluminadas y decentes? Ninguna. Lo que está en juego no es el presupuesto, sino una actitud de todo o nada, don- de el nada termina prevaleciendo.
Sinceramente, nunca he escuchado a alguien de- cir que se quiere ir de Puerto Rico porque no se
Gregorio Igartúa
Abogado
construyó una cancha de baloncesto nueva, por- que no se inauguró un parque o una mega es- tructura. Esa no es la razón por la que la gente se desespera. La gente que se quiere ir, la que está agotada, es la que ha tenido que esperar dos horas en una agencia para obtener una certificación, la que ha querido abrir un negocio, pero la burocracia y la espera interminable los desilusionó. Es la que recorre a diario calles oscuras o su-
cias y que llegan tarde al trabajo por- que el semáforo funciona solo oca- sionalmente. Esa es la frustración que no se aguanta más, la que des- moraliza a cualquiera, sin importar colores ni partidos.
Aquí, en Puerto Rico, está esa gran oportunidad. No se trata solo de grandes reformas o multimillonarias inversiones: se trata de comenzar por lo que se ve, lo que se toca, lo que se vive cada día.
La política moderna tiende a ser hiperbólica, diseñada para captar atención fácilmente. La ten- tación es grande, pero hay que resistirla. Ahí recae uno de los mayores retos del gobierno: cambiar esa mentalidad arraigada en el quehacer político. Aceptar que no todo se hace a grandes trazos, que cada detalle puede ser transformador. Que hay carreras de larga distancia que requieren pasos firmes, constantes y modestos. Que no hay nada malo con redefinir el “se puede” como la dignidad de una gesta diaria, concreta y sostenida.
El gobierno anterior enfrentó dificultades debido a su enfoque: enfatizó que se realizaban ambiciosos
Este es el momento perfecto para
un giro; particularmente ante la en-
trada de un nuevo gobierno. Me per-
mito destacar, sin abogar específica-
mente por ello, la política de las “ven-
tanas rotas”, popularizada por el exalcalde Rudolph Giuliani en Nueva York. Esta estrategia se funda- menta en la premisa de atender los incidentes me- nores —como una ventana rota, un grafiti o una falta menor— para recuperar el sentido de orden y pre- venir problemas mayores. Esa política transformó la percepción de seguridad y convivencia en la ciudad.
Antes que me lo digan, se que se puede mascar chicle y caminar a la vez. Se puede pensar en grande y ejecutar lo pequeño simultáneamente. No obstante, es momento de un “reset” porque, sin un nuevo punto de partida, cual- quier transformación, por más importante o ambiciosa que sea, se difuminará entre la falta de credibilidad y el desgaste. De poco valen las mejores ideas si no hay
proyectos e importantes inversiones transformadoras. Sin embargo, que- da claro que la ciudadanía no per- cibió estos esfuerzos de la misma manera. ¿Por qué? Porque el de- terioro de la infraestructura y del orden social en Puerto Rico es tan profundo, que no hay paciencia para promesas. La gente necesita ver pro- greso —vivirlo— en lo cotidiano.
“Hay carreras de larga distancia que requieren pasos firmes, constantes y modestos”
pragmatismo ni pode